La rubia de las 9:05

Eran las 9:05 a.m. algo tarde en comparación con mi hora regular de entrada, me tome el lujo de llegar una hora más tarde consecuente al hecho de haber bebido agridulces penas ajenas un día anterior a esto, mi trayecto al entorno laboral pudiese ser monótono y realmente agradezco que en la mayor parte de las ocasiones no sea así, soy de los tipos molestos que van sin prisa, que prefieren las escaleras convencionales pese a existir la comodidad de las eléctricas, de esos que se toman un segundo en sonreír, aquellos que te seden el paso y gustosos se toman 5 o 10  minutos en ayudar a un anciano o a un ciego, de esos que pese a pasar diario por el mismo lugar observan los mínimos detalles, porque en estos pequeños cambios están las más sublimes reacciones. Así que disfrutaba de mi paso entre sabor a jugo de naranja recién exprimido y pantalones, faldas, camisas: almidonadas y perfumadas, todo impecable; zapatos bien lustrados, zapatillas con prisas y corbatas que ahorcan recordando el peso de deudas adquiridas en la vida. Estaba sin prisa, alegre, despreocupado de tomarme 5 minutos más de retraso, sumados a los 60 que maliciosamente ya tenia contemplados.
Justo antes de cruzar la acera la vi, estaba deslumbrante, sólo comparable al sol de medio día, era una rubia despampanante que estremecía todo a su paso con cuerpo de sirena, sus caderas majestuosas que al campanear encendían miradas, estremeciendo pasiones ajenas y pensamientos impuros propios sólo de los hombres del mar. Sus piernas largas, firmes y frondosas, parecían destrozar el aire que se cautivaba al gozo de su piel tocar, sus nalgas a su vaivén atrapaban miradas morbosas de los hombres que por un instante olvidaban su clase social, raza o edad, para perderse en ese vaivén cautivo y adictivo, que hasta el más santo de los hombres no podría dejar de mirar. Sus pechos rebotaban, sus pezones se delataban con firmeza y orgullo de estar al frente de dos grandes monumentos, que pese al dolor de la espalda, vale la pena cargar. Así era ella la rubia más despampanante que hasta ahora he visto, con un cuerpo escultural, no concebido a mármol y cincel, sino con bisturí, jeringa, botox y silicona, era una muñeca rubia de cuerpo envidiable y tristemente como todas las muñecas; con una cabeza llena de aire, que no puede dar para más...

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